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Homilía del santo PadreQueridos Hermanos y Hermanas, 1. Con ocasión de la peregrinación a las tumbas de san Luis María Grignion de Montfort y de la beata María Luisa de Jesús, me alegra mucho celebrar la liturgia de las Vísperas con ustedes, personas consagradas, procedentes de todo el occidente francés. Agradezco a Mons. Francisco Garnier, obispo de Luçon, y a los Superiores de la familia monfortiana las palabras que me han dirigido a nombre de ustedes, lo mismo que a nombre de la comunidad diocesana aquí representada. A todos les dirijo un afectuoso saludo. 2. La lectura de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar, nos habla de la vocación de la humanidad en Cristo. Desde toda eternidad, somos conocidos y llamados en Cristo a reproducir la imagen de Aquél que es «el primogénito de muchos hermanos» (Rom 8,29). En El, verdadero Dios y verdadero Hombre, el Padre nos ha revelado el sentido de nuestra vocación. Entre el conocimiento eterno del hombre que el Padre tiene en el Verbo y la llamada que dirige al hombre en el tiempo, existe un vínculo estrecho. Cristo sabe que su venida al mundo, y particularmente su pasión, muerte y resurrección, deben revelar a los hombres su vocación, inscrita por el Padre en el misterio de la Encarnación de su Hijo. Consciente de ello, Cristo al término de su misión terrestre, dirige a los Apóstoles esta exhortación: «Por tanto, vayan a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir cuanto les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). 3. De siglo en siglo, los sucesores de los apóstoles y de muchos discípulos han trabajado para cumplir esta misión que el Señor les confió. En la región de ustedes, san Luis María Grignion de Montfort fue uno de los más notables. Me siento feliz de iniciar mi peregrinación en tierra francesa bajo el signo de esta gran figura. Ustedes saben que debo mucho a este santo y a su "Tratado de la verdadera Devoción a la Santísima Virgen". Ya que mi visita pastoral se ubica en gran parte bajo el signo del bautismo, hoy quiero ante todo poner de relieve el hecho que, en el espíritu de san Luis María, toda la vida espiritual proviene directamente del sacramento del santo bautismo. Así lo destaca un pasaje significativo del Acto de consagración a Jesucristo por las manos de María, redactado precisamente por Montfort. En el centro de este acto, se encuentran estas palabras: «Yo, - aquí se pronuncia el nombre; por ejemplo: Luis María o Juan Pablo o Carlos - pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos (entre las manos de María) los votos de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras y me consagro totalmente a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida…» (El amor de la Sabiduría eterna, No 225). La llamada a vivir las promesas del santo bautismo es clara. En la liturgia bautismal se le preguntó a cada uno de nosotros: «¿Renuncias a Satanás, a todas sus obras y seducciones?» Y luego: «¿crees?» El acto del bautismo va a la par con la opción por Dios, la opción por Cristo, la opción por vivir en la gracia del Espíritu Santo. Esta opción es, en cierto sentido, la victoria sobre el pecado original. La gracia sacramental del bautismo borra el pecado original. Pero el hombre que lo recibe también debe renunciar al pecado, para corresponder así a la justificación que se le ofrece por su fe en Cristo. En la gracia del bautismo, hay un cierto retorno al inicio, a los orígenes, cuando había que escoger el bien y no el mal, acoger la salvación y no rechazarla. Si Grignion de Montfort incluyó esto en el contenido de su verdadera devoción a la Madre de Dios, lo hizo porque María, por voluntad divina, desde su Inmaculada Concepción, fue inscrita en el plan de Dios para superar el pecado por medio de la justificación recibida de la gracia que proviene de Cristo. Es bueno que al comienzo de esta peregrinación que me conducirá igualmente a Reims para celebrar los 1.500 años del bautismo de Clodoveo, podamos considerar aquí, desde un punto de vista mariano, el significado esencial del bautismo. 4. Al dirigirme a ustedes, hombres y mujeres comprometidos en la vida consagrada, quisiera reafirmar que, «en la tradición de la Iglesia, la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal en cuanto que, por su medio, se desarrolla la íntima unión con Cristo (…)» (Vida Consagrada, No 30). Ustedes están llamados a ir aún más lejos, gracias a «un don particular del Espíritu» (ibid.), puesto que ustedes escogieron practicar radicalmente los consejos evangélicos para seguir a Cristo, y toman por modelo a la Virgen María, «ejemplo sublime de perfecta consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios» (ibid. No 28). La exigencia del compromiso de ustedes puede parecer a sus contemporáneos difícil de comprender y casi imposible de vivir. ¡No se inquieten por esto! En realidad, fieles y humildes, ustedes dan un testimonio del cual el mundo tiene necesidad. Su libre opción por el celibato, la renuncia a los bienes y la obediencia, constituye una respuesta a los interrogantes que muchos se plantean sobre los auténticos valores de la vida. Pues la práctica de los consejos evangélicos no tiene otro sentido que el manifestar, con un corazón indiviso, el amor infinito de Dios, suprema riqueza del hombre, y la belleza liberadora de una dependencia filial y no servil (Ver Vida consagrada, No 21). Ustedes tienen la vocación de ser para el mundo signos vivos de Dios, «reproduciendo la imagen de su Hijo» (Rom 8,29). 5. Ustedes que vinieron a representar a los consagrados de todo el occidente de Francia, dan una imagen de la diversidad de los carismas que inspiran su compromiso en la vida contemplativa o apostólica, en los institutos seculares o en el orden de las vírgenes consagradas. Sé que muchos de ustedes están sufriendo muy preocupados por la disminución del número de vocaciones y el envejecimiento de las congregaciones. Se les pide así misteriosamente una forma de participación en la Cruz. Pero esta prueba, no es el final de una historia. Reconozco ciertamente la admiración que suscitan la fidelidad, el celo, la creatividad de los religiosos y religiosas incluso de edad avanzada. La obra realizada por muchas congregaciones fundadas en la región de ustedes ha sido considerable, para la reconstrucción de la Iglesia del siglo pasado, la educación, el cuidado de los enfermos, la participación en la vida pastoral. Se dice justamente cuan útil es que el Evangelio sea anunciado ¡«con el acento del propio país»! Pongan en práctica hoy con entusiasmo los carismas de sus fundadores. Continúen escribiendo la historia viva de sus congregaciones. Quisiera también rendir homenaje aquí a un gran número de misioneros que han salido del Oeste de Francia hacia el mundo entero, a los que aún están presentes en muchos países. Les aseguro que siempre hay una gran necesidad de la presencia de personas consagradas en las jóvenes Iglesias. 6. El testimonio de ustedes y su apostolado son una riqueza para las comunidades locales. Tengan la audacia de dar a conocer la calidad de su experiencia, el sentido de la espiritualidad y carismas de sus diversas fundaciones, la alegría de servir. Sea para el clero diocesano como para los laicos, la presencia de los consagrados sigue siendo un precioso estímulo y con frecuencia un elemento indispensable para la evangelización. Atentos a las necesidades de nuestro tiempo y fieles a las intuiciones originarias, los consagrados, estoy convencido de ello, permiten a los jóvenes comprender la llamada del Señor a servirle con el don total de sí mismos. 7. La ofrenda de sus vidas tiene una misteriosa fecundidad, sea día a día o a la hora de la Cruz. Pienso en el sacrificio de muchos religiosos en nombre del Evangelio y por fidelidad a la Iglesia, en esta tierra o en tierras lejanas. Evoco aquí con emoción a los siete Hermanos trapistas de Nuestra Señora de l’Atlas, recordándome que tres de ellos fueron monjes de la vecina Abadía de Bellefontaine. Como otros religiosos y religiosas apostólicos, han sido hasta la muerte testigos puros y desinteresados del amor de Cristo en medio a hermanos en humanidad a los que no desearon otra cosa que servir. Continuemos orando para que su sacrificio se convierta en fuente de vida y para que su presencia ante el Señor sostenga a sus hermanos y hermanas de hoy. Quisiera concluir diciéndoles de nuevo con las palabras de Grignion de Montfort cómo su vida encuentra todo su sentido en la persona de Cristo: «Dios no nos ha dado otro fundamento de salvación, perfección y gloria que Jesucristo» (Verdadera Devoción, n, 61). Orando con él, invoquemos al Señor con la Santísima Virgen: «Tú, Señor, estás siempre con María, y María está siempre contigo» (ibid, No 63). Que la ternura maternal de la Madre del Señor les guíe cada día por el camino del seguimiento de Jesús para « tributar al Padre en la unidad del Espíritu Santo todo honor y gloria, hacerles perfectos y ser olor de vida eterna para nuestro prójimo» (ver ibid, No. 61).
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